viernes, 8 de enero de 2010

Águila Roja


Hay producciones audiovisuales buenas y malas, también otras aborrecibles y luego existe una última categoría en la que se puede incluir a series como Águila Roja o la obra del director Ed Wood, bodrios tan sorprendentemente mal hechos que sólo pueden responder a una absoluta falta de sentido del ridículo, y por ese mismo motivo rozan la genialidad.

Ayer se estrenó la segunda temporada de esta serie y os recomiendo encarecidamente que no os perdáis ni un sólo capítulo, pues de verdad merece la pena. Y no sólo porque os acabarán doliendo las costillas de tanto reír, sino porque además puede considerarse una auténtica Biblia sobre lo que no se debe hacer a nivel de guionización. Lo cierto es que, al contrario que otras producciones españolas en las que existe una enorme desproporción entre su presupuesto y los objetivos que plantean, el problema de Águila Roja empieza ya a nivel de escritura y eso es algo anómalo. Realmente, resulta muy difícil que un guión reúna tal cantidad de despropósitos y deus ex machina chungos destinados a que el argumento avance erráticamente desde un punto a otro preestablecido, sin que éstos sean deliberados. Y es precisamente en esta insólita frescura donde reside todo su atractivo.

A ver quién, sin ir más lejos, es capaz de concebir una línea de investigación tan disparatada como esta: Cuando el protagonista desea descubrir la identidad de su madre, un oscuro secreto que le atormenta, decide preguntar al sacerdote que durante años ha sido su tutor. Sin embargo, éste, en lugar de responderle en el momento, le cita en un descampado a altas horas de la madrugada para decírselo. Por supuesto, el justiciero enmascarado acude a la cita, pero, tal y como era previsible, se encuentra al cura muerto, aunque, gracias a un oportuno flashback, también recuerda que el difunto siempre le había dicho que “la respuesta a todas tus preguntas se encuentra en mí”. Por ello, en medio del velatorio, desnuda al fiambre hasta encontrar un tatuaje en su espalda que consiste en unos arcanos símbolos chinos acompañados de las estrellas de Las Carmelitas, lo cual, a su vez, sirve para conducirle hasta un recóndito monasterio en ruinas, donde, casualmente, se topa con una monja leprosa que misteriosamente conoció a su madre…

Igualmente impagable es la falta de causalidad entre las escenas, pues las continuas piruetas argumentales, sacadas una tras otra cual conejos de una chistera, no tienen la más mínima repercusión en el desarrollo general de la farragosa trama. Así, cuando el médico calvorota anuncia que en realidad se trata del marqués de Sotoancho y Calatrava, Grande de España, que tiene una mansión en las afueras de Madrid y está forrado de dinero, esto no genera más que un momentáneo desmayo a un miembro femenino del reparto.

Es decir, en ningún momento los guionistas muestran la más mínima preocupación por tratar de explicar por qué un “Grande de España” ha abandonado sus obligaciones palaciegas para trabajar de boticario en un barrio proletario de la capital. Casi se diría que en el Siglo de Oro esto era algo que ocurría a diario. Y, desde luego, tampoco explican por qué ese personaje no ha empleado todo su dinero, poder e influencia durante los primeros trece capítulos para superar todos los entuertos a los que les sometió el malvado comisario. Asimismo, este descubrimiento tampoco despierta ninguna reacción perceptible entre el resto de personajes, más allá de la preocupación de su prometida por saber qué hacer con una casa tan grande: seguramente, su angustia sólo responda a la perspectiva de tener que fregar tanto pasillo. De este modo, ni el protagonista se siente extrañado ante ello, ni nadie se muestra engañado por la farsa que el tipo ha mantenido capítulo tras capítulo.

También resultan fascinantes todos esos anacronismos en plan Astérix y Obélix, o Los Picapiedra, pero en versión castiza… aunque de lo que no estoy tan seguro es que sean intencionados. A destacar las continuas quejas sobre el alto precio de la vivienda en Madrid y las abusivas condiciones de los prestamistas, cuando una pareja de recién casados se ve obligada a abandonar la ciudad para vivir en un pueblo de las afueras, teniendo que recorrer diariamente un largo trayecto en carro de caballos para ir a trabajar. O esos desnudos tan deliciosamente forzados, una obsesión por enseñar teta y culo sólo a la altura de los grandes clásicos de Esteso y Pajares, en lo que sin duda es un valiente intento de re-explorar la más pura tradición del destape ibérico, en pleno siglo XXI.

En definitiva, no he visto una ficción historicista tan entrañablemente absurda desde la trama secundaria concebida para la película “300”. Lo único que echo en falta es que, a causa de que ahora la producción cuenta con más medios, se haya perdido parte de toda esa conmovedora cutrez de serie Z que caracterizaba a la primera temporada. Recemos para que Globomedia haya dilapidado todo su dinero en este primer capítulo y pronto la serie recupere poco a poco todo su tradicional encanto.

6 comentarios:

Miguel dijo...

Enorme. A mi me gusta especialmente la adaptación del lenguaje moderno al mundo antiguo: -!no hay caballo!-(registrando una casa buscando sospechosos y descubriendo que no hay naide, algo así como !el garaje está vacío!)

También adoro las toneladas de absurdeces sin sentido que derrocha la serie por los cuatro costados, como cuando el prota persigue a caballo a los malos, los alcanza, los adelanta, se pone de espaldas en el caballo y les dispara.

Estoy Descentrado dijo...

Yeyo, la red te echaba de menos. Tremendo artículo... bienvenido de nuevo.

Daniel dijo...

Que grande Yeyo!! Si os paráis a pensarlo el tipo (Aguila Roja), es poco menos que el antepasado de Batman...vamos yo creo que la escuela de formación del murciélago no dista mucho de la del profe éste del siglo XVII??

Recreoanacronista dijo...

No sé, prefiero la versión nacional de la Sci-Fi, vamos, Plutón Berbenero...que por lo menos avisa que va de mofa.

Jose Manuel dijo...

Jo...

Y yo que me pierdo semejante joyita. Pero como eres siempre tan amable de destripar serie y pelis, no hace falta ver nada. XD XD XD

Un abrazo, tío grande (y a los demás también)

P.S.: El otro día fui a ver Solomón Kane y me dormí, no es broma, es literal.

Yeyo Balbás dijo...

No soy el único al que se echaba de menos... gracias a todos por los comentarios.